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La invasiones Barbaras
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La invasiones Barbaras

Al igual que su auge y esplendor, la decadencia y caída de Roma es una cuestión que ha fascinado a los estudiosos durante mil quinientos años. Las causas que produjeron el colapso del mayor imperio de la historia son complejas, pero sobre todo cuantiosas; de otro modo, el destino de Europa y del mundo entero hubiera sido muy distinto del que conocemos.

Por un lado, alrededor del año 500 a.C. se produjo un notable empeoramiento de las condiciones climáticas en Escandinavia y en torno al Báltico. Esto, unido a la práctica del <<ver sacrum>> por parte de sus habitantes, consistente en la obligación de los jóvenes de buscar fortuna en tierras extranjeras mediante las armas, provocó una paulatina expansión de las tribus germánicas hacia el sur. De todos modos, los pueblos herederos de <<La Tène>>: los celtas, que habían triunfado por todo el interior de Europa (desde Grecia, hasta Britania, y en buena parte de Hispania conviviendo con los pueblos íberos), sobre todo los de la Galia, contuvieron su avance más allá del Rin. Durante los años previos a las conquistas de Julio César, constituían estos pueblos de cultura druidica la amenaza exterior más seria, a parte de los cartagineses. En la mente de la todavía joven nación romana aún debía recordarse la humillación del caudillo galo, Breno, que derrotó a las primitivas legiones en la batalla de Alia (río del Lacio, afluente del Tíber) y entró en Roma entregando a sus hombres al saqueo en el 390 a.C. Esta afrenta no quedó saldada hasta que la Galia entera fue sometida bajo el poder de las águilas.





En este proceso, ya empezaron a confluir las primeras incursiones germánicas: los bastarnos migraban, los cimbrios llevaban a cabo una odisea triunfal, hasta que fueron arrasados por Cayo Mario, vengando así a los romanos aniquilados tras la derrota de Orange. Por detrás, a no mucha distancia, y también en dirección sudeste iba avanzando el pueblo más poderoso de todos: los godos; y detrás de ellos, siguiendo el mismo camino, los sanguinarios vándalos, y los burgundios. A pesar de estas presiones, la salud del ejército y de las fronteras era magnífica, y las virtudes romanas de sacrificio y honor, unidos a los defectos de orgullo y carencia de piedad, empujaron a Roma a mantener en ocasiones hasta tres frentes abiertos en guerras de expansión y/o de defensa.

Puesto que contra Roma se estrellaban una y otra vez, los bárbaros saciaron su <<ver sacrum>> en el resto de pueblos celtas continentales, que estaban en decadencia. En tiempos de Augusto, los de la mítica <<pax romana>>, la frontera entre la luz de la civilización y la oscuridad de la barbarie se situó en el Danubio, a lo largo de su curso hasta la cuenca panónica.

En el siguiente período, que concluiría con Marco Aurelio a mediados del s. II d.C., la característica pricipal fue la estabilidad, pero aunque a los bárbaros se les seguía manteniendo a raya, por detrás del <<limes>> se iban acumulando pueblos más numerosos y la necesidad de nuevas tierras para sus gentes comenzaba a ser preocupante. De todos modos, en este tiempo se fue penetrando en el mundo germánico a nivel cultural y comercial, romanizando levemente a sus habitantes, haciéndoles ver los beneficios de la civilización mediterránea.


Esta relativa calma se rompió en el año 166, cuando una doble brecha sobre el <<limes>> desembocó con los cuados y marcomanos hasta el Véneto, y con los costobocos y bastarnos hasta Acaya y Asia. Para curar esta herida hizo falta una terrible guerra, en que no sólo bastaba con expulsar o derrotar a los invasores, hacía falta un escarmiento que alejara la idea de probar fortuna en otras tribus. Esto se consiguió durante un siglo, y la gloria de Roma se hizo indiscutible.




Pasaron los años, y las recias costumbres de los inicios se fueron desvaneciendo a medida que en la población hacía mella el consumismo y las influencias orientales (como el culto a Mitra, del que el emperador Heliogábalo llegó a ser sacerdote supremo); la relajación llegó hasta las legiones, que sin dejar de ser el mejor ejército del mundo, pasaron a parapetarse detrás de la frontera , en lugar de practicar acciones ofensivas que era para lo que mejor servían y en donde se basaba la fuerte expansión de la nación. Por otra parte se iba consolidando una nueva religión: el cristianismo, cuya Iglesia acabaría siendo un contrapoder para la institución imperial, pudiendo excomulgar e influenciar a la plebe, lo cual no hacía aconsejable una divergencia de intereses porque debilitaría al estado.

Junto a todo lo anterior, y de forma ajena al conocimiento de romanos y germanos, acontecimientos que inclinarían la balanza definitivamente 200 años más tarde, sucedían a lo largo de la frontera china: tribus mongolas y turcas se combulsionaban por el lejano Oriente, en las estepas, generando el embrión de lo que acabaría siendo el <<Flagellum Dei>>, el azote de Dios, Atila al frente de los bárbaros más terribles: los hunos, un pueblo ávido de sangre, de saqueo, de riquezas, que avanzaría miles de kilómetros hasta los confines de Occidente con cientos de miles de soldados, sembrando la devastación y la muerte a su paso. Ya lo dice la leyenda: donde pisaba el caballo de Atila, ya no volvía a crecer la hierba. Pero no adelantemos acontecimientos, ahora estamos todavía vislumbrando el inicio de la decadencia.



La parte germana del limes cae en el año 254 y en el 259 se produce un impresionante avance bárbaro en tierras de la actual Bélgica. Más tarde (268-278) la Galia es devastada por completo, muchas ciudades caen, se abandonan, centenares de villas arden, y los pocos nucleos que quedan más o menos intactos, se rodean de murallas (iniciando una costumbre que se irá generalizando hasta finales de la Edad Media). Los alamanes caen sobre Italia en el 260 y el 270, y los godos arrasan por tierra y mar la Tracia, Grecia y Asia Menor entre el 258-269. Roma puede caer, parece incapaz de atender todos los frentes a la vez. Roma sola contra el mundo.



El emperador Aureliano aparece para salvar la situación, restituye el primitivo trazado del limes a base de un tremendo esfuerzo, el pueblo se moviliza para recuperar su territorio, los jóvenes se alistan en las nuevas legiones hambrientos de venganza. Tras muchos años de continuas campañas, se consigue la paz a costa de ceder una provincia a los godos, la Dacia (actual Rumanía) y de la reconquista definitiva de la Galia bajo el gobierno de Probo. Dentro de este período, en tiempos de Maximiano se produjo otra brutal incursión en la Galia, y la política firme e impetuosa de Diocleciano comenzó a blindar todas las entradas hacia el imperio.



Mientras se triunfa en las fronteras, más allá del Rin y del Danubio se va produciendo una refundación del mundo bárbaro, mediante coaliciones, mestizajes, migraciones, y agrupaciones que acaban de dibujar el mapa de las gentes que acabarían repartiéndose el mundo latino: los caucos cambian su nombre por el de sajones, varias tribus del interior de la actual Alemania se unen bajo el nombre de alamanes, y justo a su lado lo mismo ocurre con los francos, y los turingios suceden a los hermunduros. Esta evolución concluye en el siglo V, con la formación de los bávaros, la desaparición de las tribus de Jutlandia (cimbrios, carudos y teutones), y de Dinamarca (los hérulos), dando paso a los jutos (que junto a anglos y sajones se repartirían la Britania) y los daneses. Y para acabar de colorear este siniestro mapa, entran en juego los germanos del norte, desde finales del s. III, que piratean y rapiñan todo cuanto pueden en las costas atlánticas, britanas, galas e hispanas, convirtiéndose en precursores directos de los vikingos.

Según los antiguos autores nos encontramos ante tres tipos de germanos: los esteparios (godos y aliados), los marinos (daneses, frisones y sajones), y los de los bosques (el resto, componentes en su mayoría de la actual Alemania). El contacto entre estos pueblos y los latinos refundaría toda Europa en lo que hoy conocemos como Medievo.




Hasta el año 375, el estado permanece relativamente intacto: hacía ya casi un siglo que el imperio había sido reconstituido por Diocleciano. Los romanos habían resistido todas las acometidas importantes desde las últimas brechas abiertas en el limes, y las fronteras recorrían el trazado de mayor expansión territorial a excepción de la Dacia, cuando los hunos irrumpen desde la estepa situada al norte del Cáucaso (donde ya habían sido mencionados por Tolomeo en su Geografía en el año 172, cerca de los roxolanos y los bastarnos).

Estas gentes de cabeza rapada, que deformaban sus cráneos, mataban a sus propios ancianos e incineraban a sus muertos, irrumpen en la estepa póntica, donde se enfrentan a los poderosos godos, destruyendo el estado gótico del rey Ermanarico en la actual Ucrania en el 375, y toman contacto con las legiones imperiales en la Tracia en el 378. Por su parte unas tribus del mismo pueblo (los hunos blancos o heftalitas) entran en Irán, se instalan en Bactriana y Sogdiana en el siguiente siglo y toman el noroeste de la India, donde permanecerían hasta el año 650. Tras estos golpes transcurren dos décadas en que disfrutan los beneficios de sus conquistas, ocupando también la Dacia y la cuenca panónica, y estableciendo con los reyes Uldín y Mundziuch un imperio que comprendería las tierras que van desde los Alpes orientales hasta el Mar Negro.

Los germanos temen a los hunos, se alejan de ellos o incluso prefieren compartir su destino antes que enfrentarse a ellos. Todos los que no se integran en sus tribus prefieren arriesgarse a atravesar el limes que encontrarse con los demonios de Oriente. Tras estos importantes cambios geoestratégicos irían apareciendo por Europa otras tribus de origen turco: los sabiros (que procedentes de Siberia guerrearían en el Cáucaso durante los siglos V y VI contra los bizantinos), los uguros (que procedentes del río Ural contribuirían al posterior nacimiento de Bulgaria y Hungría, tras sus incursiones en los Balcanes), los paleoturcos (que establecerían relaciones con Bizancio tras instalarse detrás del río Volga), y los ávaros (que serían protagonistas durante más de tres siglos de encarnizados enfrentamientos con los romanos orientales); a partir de siglos posteriores aparecerían los jázaros, magiares (ugrofineses), pechenegos, cumanos, y mongoles. A excepción de estos últimos y de los magiares, la mayoría pertenecían a oleadas étnicamente turcas, pero esto corresponde a la edad Media y a la semilla del fin de Bizancio a manos de los turcos seléucidas, que sabrían unir este abanico de tribus cercanas entre si.



Antes de las inminentes guerras de Roma contra el mundo, que sumirían a los latinos en una percepción del fin de los tiempos y que proporcionaría una base fundamental para comprender el éxito de la expansión del cristianismo, se deben destacar unas pinceladas de las reformas militares, conocidas a través de un conjunto de notas dispares en <<La Nottitia dignitatum>>. A partir del siglo IV se optó por un conjunto de ejércitos de campaña para intervenir en aquellos puntos amenazados, complementados por tropas estáticas situadas sistemáticamente tras las murallas y fortificaciones a lo largo del <<limes>>, del Rin y del Danubio, y a lo largo de su equivalente costero en la Galia y Bretaña: el <<litus saxonicum>>. Las zonas cercanas a los ejércitos de intervención fueron protegidas con bastante éxito, mientras que las que solo disponían de reducidos efectivos, poco móviles (<<ripenses>> o <<limitanei>>) sucumbieron progresivamente, como Bretaña en el 470 y la Nórica.



Los ejércitos móviles triunfaron casi siempre que llegaron a tiempo, y muchos de ellos perduraron tras la deposición del último emperador occidental. El más importante de ellos, probablemente fue el de la Galia, que sucesivamente fue incorporando elementos germánicos más o menos romanizados, pero siempre leales al ideal imperial, estaban bajo las órdenes de príncipes locales o jefes de milicia, destacando entre ellos: Flavio Aecio (el último gran general romano), el conde Paulo, Egidio y Siagrio. Este último mantuvo un reino plenamente romano en el corazón de la Galia, durante los años posteriores a la caída del imperio, y rodeado de bárbaros sostuvo las águilas en épica y numantina resistencia, como último vestigio de una gloria no olvidada.

Otro ejército estaba localizado en Bretaña, ocupado en contener el empuje de los belicosos pictos nunca sometidos, y de los escotos, procedentes de Irlanda, que acabarían a su vez con los anteriores enemigos. Otro de los importantes estaba en el norte de Italia, entre Milán y Rávena, a orillas del Isozo, bajo mando de Ricimero hasta el 472, luego de Orestes y finalmente de Odoacro, que tras su rebelión daría el golpe de gracia a la institución imperial.


La entrada en escena de los hunos, propició auténticas oleadas en masa que penetraron en el corazón del imperio y cuya atención vulneravilizó las provincias más periféricas, como Britania, donde Constantino III se llevó en el 407 su ejército de campaña al continente. La situación era crítica.

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Hasta el 378 todo intento de establecimiento había sido repelido, pero ese año se entabló una batalla decisiva en Adrianópolis: por última vez las legiones romanas plantaron su formación de combate a la vieja usanza; aunque más germanizadas que sus predecesoras, sus tácticas no diferían mucho de los gloriosos ejércitos de sus antiguos héroes. Roma quiso contener la entrada de los godos, que era el pueblo más numeroso y poderoso de todos, creyendo que una victoria podría reconducir la grave crisis, al menos empujando a otros pueblos a las dudas. Tal importancia tuvo y se le concedió a esta batalla, que el mismísimo emperador Valente intervino en ella. Pero había algo que los romanos desconocían y que ese día iba a jubilar tácticamente al mejor ejército de la historia: el invento del estribo. Los legionarios sabían que su enemigo era superior en número y que conocía su forma de actuar, pero tenían fe en su superioridad militar aunque su adversario utilizase en masa a la caballería. Pero el invento del estribo permitía una movilidad sobre el caballo que otorgaba toda la ventaja frente a la infantería, y sucedió lo peor que podía pasar: una derrota terrible acabó con los mejores legionarios del imperio y su emperador al frente, los godos entraron a sus hanchas y las demás tribus no pudieron ser contenidas.




A partir de esta catástrofe, la herida de muerte estaba hecha, pero los últimos coletazos del moribundo durarían un siglo más en Occidente. Los romanos optaron más por el ingenio político que por las armas: otorgaron el estatuto de federados a pueblos que acataran el poder imperial mediante <<foedus>>, reinasen bajo su derecho y proporcionasen auxilio militar, buscaron alianzas sangrantes para el tesoro con otros pueblos para contener las constantes incursiones bárbaras, establecieron la sede imperial en Rávena que era mejor defendible (mientras que desde la ciudad eterna, un Senado corrupto y una Iglesia desinteresada del ideal romano, pactaban con quien fuera para mantener sus privilegios, acrecentar sus riquezas y sobrevivir a lo inevitable). Finalmente, el hispano Teodosio creyó conveniente la división del imperio tras su muerte, lo que acabó con un Oriente más rico y fuerte que empujaba una y otra vez a ordas bárbaras de todo tipo hacia un Occidente, que Estilicón y Aecio principalmente, trataban de contener continuamente.

Por otro lado, el embrión de los caballeros andantes nació en la agonía romana: se crearon cuerpos reducidos de caballería de élite: caballos acorazados con láminas metálicas, grandes escudos ovalados, largas lanzas y espadas de inspiración germánica. Una innovación militar tardía cuyos frutos los recogerían las naciones nacidas tras la caída de Roma.




Las irrupciones iniciales de esta vertiginosa fase de decadencia fueron tratadas con maestría por Estilicón, que reconquistaba todas las tierras que encontraba a su paso, aunque él mismo tuvo que desguarnecer la frontera danubiana entre los años 395-398. Por otro lado, la parte inferior del limes renano, en la Galia, probablemente no se reconstruyó tras las brechas del siglo III, y la línea que la sustituyó a través de Colonia, Bavai y Bolonia fue abandonada en tiempos de Graciano, y en el resto del limes se perdió toda cohesión defensiva tras el paso del Rin (el otro desastre junto a Adrianópolis) con los alanos al frente en el 406, y el limes situado en la Suiza actual fue desguarnecido en el 401.

Los <<castella>> resistieron como ciudades fortificadas en medio de la devastación que los rodeaba, campo a través, durante años: las gentes se refugiaban en las ciudades y se defendían como podían en espera de refuerzos que muchas veces nunca llegaban. De todos modos, la romanidad permaneció intacta en esta primera oleada y los romanos se defendieron hasta el 440 en Panonia y hasta el 475 en Nórica, hasta que se produjo la definitiva evacuación general en el 488, ocho años después de la deposición de Rómulo Augústulo.




Entramos en la recta final: los hunos con el rey Uldín al frente quisieron establecerse en Tracia y Mesia, en el Imperio de Oriente allá por el 408. Tras esto, entra en escena Flavio Aecio, que en su juventud aparece como rehén; de esta experiencia fue aprendiendo costumbres y tácticas, llegando con el tiempo a cobrar su libertad y a hacer una brillante carrera militar, cuando poco era lo que se podía hacer él lo hizo, y de los lazos de amistad de su juventud cosechó la alianza de los hunos para hacer frente a los visigodos (427), a los francos (428) y a los burgundios (430); a cambio les concedió el derecho de asentarse como federados en la Panonia, culminando con medio siglo de entendimiento.

En este nuevo asentamiento que comprendería aproximadamente las actuales Rumanía y Hungría (entre 425 y 434) forman un estado los reyes Mundzich y Rúa (padre y tío de Atila respectivamente) compuesto de hunos, germanos y algunos romanos (como el jefe de las ofininas del rey: Orestes, que paradójicamente sería el último general de legiones imperiales y padre del último emperador).

Con el tiempo toma el poder Atila y mantiene una amistad aparentemente sólida con un Occidente regido por Aecio, del cual recibe la Panonia Occidental en el 439. Pero todo parecía ser insuficiente. Cuando el imperio creía que la situación se podría reconducir, y se podría recuperar poco a poco el esplendor perdido, Atila, por causas poco claras, levanta en armas como un poseído al pueblo más temido, que no había empezado siquiera a romanizarse, para conquistar el mundo entero. En el 447 llega hasta las legendarias Termópilas a través de Macedonia, y se dispone a conquistar toda la civilización occidental con el ataque a la Galia en el 451, llevando consigo un ejército grandioso y varios aliados germánicos que están de su lado. <<Flagellum Dei>>.




El astuto y envejecido Aecio reune todo lo que le queda al imperio capaz de sostener una espada, lo adiestra apresuradamente y lo mezcla con los pocos soldados romanos profesionales que quedan, recibe la alianza de los visigodos, que con su rey Teodorico al frente, defienden la federación que tan beneficiosa estaba siendo para su pueblo instalado entre Hispania y la Galia, comprendiendo que su propia supervivencia dependía del resultado de la contienda. Los aliados romano-germánicos con Aecio y Teodorico al frente atrapan a Atila en Champaña el 21 de junio de 451, en los <<campus mauriacus>>, los Montes Cataláunicos, la batalla crucial.

El combate fue terrible y el frente de combate larguísimo y muy denso, llegándose a combatir sobre montañas de cadáveres. Teodorico perdió la vida atacando heroicamente con sus soldados más próximos una brecha en el frente que hacía peligrar el triunfo (tal y como hizo Aníbal con sus íberos en Cannas). Si hacemos caso de las fuentes que narran el encuentro, estamos delante de la batalla más grande jamás librada en este planeta, se habla de rios de sangre y varios centenares de miles de cadáveres esparcidos por el campo. Aecio logró la victoria más importante de la historia de Roma, preservando la cultura de sus ancestros para los milenios venideros. Luego persiguió los restos del ejército huno a cierta distancia hasta que se retiraron definitivamente hacia la Panonia.

Al año siguiente Atila reunió un nuevo y colosal ejército; esta vez cogiendo por sorpresa a las tropas disminuidas de los romanos y aliados, que ni se imaginaban un regreso tan rápido, y su avance, esta vez hacia Roma, era imparable. Cuando tan solo le quedaba entrar en la ciudad con sus bárbaros para sembrar la destrucción, el papa León I salió a su encuentro. Nunca se supo de lo que hablaron (quizás archivos secretos del Vaticano contengan la verdad), pero sabemos que Atila se fue con Honoria y un tributo, posiblemente porque el emperador Marciano estaba atacando el Danubio en su retaguardia. Poco después de regresar a sus tierras panónicas murió, en el 453.

Tras su muerte hubo una lucha por el poder entre sus hijos, y su estado se desmembró, dejando libertad de movimientos para sus aliados: ostrogodos, gépidos, rugios, hérulos y esciros.




Cuando las gentes se recuperaron de estos años de terror, el mapa que se encontraron era desolador: el norte de África en poder de los vándalos de Genserico que habían sido expulsados de España junto a los alanos por los visigodos, siempre leales a sus tratados con el imperio desde que se federaron, pero que trasladaron el caos y la desmembración a las provincias africanas a excepción del ya oriental Egipto: los romanos eran esclavizados, desterrados o destinados a las crueldades del circo, afición que heredaron los autodenominados <<Rex Vandalorum et Alanorum>>, cuando ya hacía más de un siglo que había sido totalmente erradicada de la sociedad latina. Su reino fue efímero, y Justiniano reconquistó todas sus tierras para la Nueva Roma un siglo después.

En Hispania los visigodos mantenían un floreciente reino que fundió a los hispanoromanos y a los godos en un nuevo estado que se perpetuó tras la caída del 476, perdurando hasta la llegada del Islam (711). Tenían casi toda la península ibérica (exceptuando el reino suevo en Gallaecia), parte del sureste galo y buena parte de lo que es hoy Marruecos. Años después de la caída de Roma, el reino se redujo a la Península, tras derrotar a suevos y lidiar con presiones francas al norte y bizantinas al Sur, donde la población recibió encantada a las tropas reconquistadoras de Justiniano, confiados en la recuperación de la romanidad en Occidente. De todos modos, el reino godo de Hispania fue positivo y fuerte, merecedor de admiración para sus habitantes (como el <<loor>> de San Isidoro), y que creó la mayor parte de la simbología monárquica que heredaron las diversas casas reales europeas durante el resto del Medievo.




En Britania, los anglos y los sajones sobre todo (a parte del nombre, por lo demás poco diferentes entre si) fueron ganando terreno desde las costas del sureste de la isla con sucesivas captaciones de inmigración desde las costas de la actual Dinamarca y alrededores. En tiempos de Honorio, aún había guarniciones pagadas con dinero procedente de Italia, pero a partir de su sucesor los romano-bretones se hayan solos ante la marea bárbara. Es un estado celtoromano que aún conserva sus decuriones y una frágil coalición de ciudades. Cuando San Germán llega a la isla en el 429 ve el desastre: incursiones de pictos, escotos y anglosajones; la convicción de este santo guerrero que en el pasado había sido gobernador en la Galia, reagrupó a los romanos abandonados de la isla y les entregó una victoria, la victoria del Aleluya, el día de Pascua. Cuando regresó 20 años después, la situación era aún peor: un caudillo celta llamado Vortigern lideraba una facción hostil a los obispos y permitía la entrada de más y más bárbaros mercenarios; se crearon una serie de fortalezas sajonas para evitar un hipotético desembarco de Aecio, que estaba ocupado con Atila, desoyendo las continuas peticiones de ayuda de los romanobritanos, y casi un tercio de la antigua provincia cayó sin resistencia en manos bárbaras.



Es curioso que el mito artúrico sea una seña de identidad anglosajona, cuando las evidencias arqueológicas y los estudios recientes demuestran que es latino: procede de los siglos V-VI, y seguramente tras algunas matanzas como la de Anderida (cerca de Pevensey) y una auténtica limpieza étnica de la isla, surgió un líder local, un rey quizás, el conocido como último romano, que unificó los restos nacionales latinobritanos y los condujo a la mítica y poco documentada victoria del <<mons Badonicus>>: Ambrosino Aureliano, el último romano ¿era el rey Arturo?..., no se sabe si era él u otro romano, pero lo que está claro es que no tenía nada de inglés, al contrario, luchó contra ellos para defender la civilización latina. De todos modos, a pesar de la crueldad con que los bárbaros anglosajones trataron a los legítimos pobladores de Britania, consideraron solemnemente las obras arquitectónicas y las ciudades abandonadas de los romanos como: <<eald enta geworc>> (la obra antigua de los gigantes).

En la Galia, junto a los burgundios, los francos se consolidaban y derrotaban a los alamanes en la importante batalla de Tolbiacum. Por su parte en el 456, Egidio, general de los ejércitos de intervención apostados cerca de Lutecia (París) ponía a su servicio a los francos para combatir a los visigodos, Paulo (su sucesor) contra los sajones, y el hijo de Egidio: Siagrio, se convertía después en <<rey de los romanos>> manteniendo un reino romano independiente ajeno al poder imperial, hasta que en el 486 vencido por los francos de Clodoveo se refugia en Tolosa , capital visigoda de Alarico II; este lo entrega y el rey franco lo manda asesinar.

Y finalmente Italia. Estilicón había vencido en el 401 y 406 a visigodos y ostrogodos respectivamente, pero los primeros en el 408 llegaron a sitiar Roma y en el 410 la ocupan, algo que no sucedía desde Breno en los inicios de la República, es decir, ocho siglos después. La invulnerabilidad se quebró, y por si fuera poco, el caudillo Alarico secuestró a Gala Placidia, la hermana del emperador. Todo esto sucedía poco después del paso del Rin (vándalos, suevos, alanos) que supuso junto a Adrianópolis el principio del fin. Más tarde no se pudo evitar la entrada de ostrogodos y lombardos, y el ejército quedó por completo en manos de bárbaros. Esto acabó cuando uno de ellos: Odoacro, se proclamaba rey de Italia enviando las insignias imperiales a Bizancio; este rey se dedicó a romanizarse, manteniendo el Senado y la burocracia precedente, entablando relaciones de supuesta subordinación con Oriente y de amistad con sus vecinos más poderosos que su reino: francos y visigodos. En el siglo VI, tras la frágil reconquista de Italia por parte de Justiniano, la última oleada germánica de esa época, acabó con los lombardos asolando la península itálica. El agujero que dejaron en la Panonia lo aprovecharon los ávaros (sucesores de los hunos), que también entrarían provisionalmente a través del limes danubiano, poco defendido por los bizantinos, que estaban enzarzados en la reconquista de Occidente y en la defensa de Oriente contra los Persas. A su vez, búlgaros y eslavos acabarían instalándose alrededor del Danubio, y los jázaros ocuparon su puesto en las estepas.

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